Roser Hurtado: «En el mar me siento más segura que en la tierra»

Información publicada en la página 80 de la sección de Contraportada de la edición impresa del día 11 de septiembre de 2011 VER ARCHIVO (.PDF)
Núria Navarro Periodista
Joan Puig Fotógrafo

Monitora de vela ciega. Esta psicóloga perdió la vista a los 40 años, pero no la pasión por navegar.

Roser Hurtado, presidenta de Sailability Catalunya


«Al mar em sento més segura que a terra»_MEDIA_1 -En 1992 volvía de la Autònoma, donde estudiaba Psicología, por la autopista. Llovía mucho y, de repente, el asfalto se convirtió en un espejo. Me asusté. Tenía 32 años

-¿Antes no había notado nada?

-Con el tiempo me di cuenta de que, años antes, tardaba tiempo en adaptar la vista cuando iba al cine. Pero yo había conducido motos, había participado de copiloto en el Rally Costa Brava, esquiaba, navegaba.

-¿Qué le dijo el médico?

-Que tenía una atrofia de conos y bastones y que en poco tiempo dejaría de ver. ¿Las causas? Nací muy grande, con cuatro kilos y pico, me sacaron con fórceps y estuve un tiempo muy mal. Y a los 4 años tuve un sarampión con fiebres muy altas. En alguno de esos dos momentos la retina detuvo su crecimiento y empezó a envejecer.

-¿Cómo encajó la sentencia?

-¡Yo había llegado a la consulta conduciendo! Así que pensé que la vida era larga. Pero tenía razón: en poco tiempo perdí el color amarillo y luego, el resto de colores. Estuve dos años viendo en tonos grises. Luego lo deformé todo y en el 2000 llegué al punto en el que estoy ahora: solo distingo luz de oscuridad.

-O sea, tuvo unos ocho años para adaptarse a la pérdida.

-Sí. Y fui aprendiendo trucos. Entonces era maestra de educación especial en una escuela pública del Garraf y los niños con discapacidad me ayudaron mucho. Recuerdo que me hacían seguir con el dedo las letras en la pizarra. Seguí hasta que me incapacitaron laboralmente. En el 2000 abandoné el Garraf y me instalé en Barcelona, donde nunca oscurece del todo.

-Pero no se resignaba a perder el contacto con el mar.

-Para mí, que soy de Figueres y he vivido en Portbou, el mar es fundamental. Empecé a navegar a los 27 años en embarcaciones de amigos y me saqué titulín de vela. Diez años después mi visión estaba muy mal. Intenté recuperar la vela en la ONCE, pero el nivel era demasiado competitivo. Entonces conocí a Diana Cuadras, la directora de la Escola de Vela de Mataró, que tocaba la vela adaptada. Montamos una asociación, Sailability Catalunya, que presido. Soy monitora de vela.

-Espere. ¿Usted puede navegar sola?

-He navegado sola con pinganillo, por el que me iban alertando de la presencia de surfistas y buzos. Es que yo sé navegar, ¿eh? Percibo el viento a través de todo el cuerpo, por la nuca, los brazos… Y oigo el ruido de la vela, siento el movimiento del casco y el oleaje. Sé por la pala del timón si hay mar de fondo. Noto la bravura por el olor del salitre.

-Una navegante orgánica.

-A veces, la gente que sabe un poco te dice: «Mira, por ahí viene una ráfaga». Y a lo mejor se deshace o rula hacia otra parte. Ellos esperan lo que han visto, yo tengo otras fuentes de información. En el mar me siento más segura que en tierra. En tierra, si caigo, me hago daño. El mar me acoge y me balancea entre las olas.

-Oiga, ¿cómo corrige a los alumnos?

-Normalmente voy con otra persona que tiene dificultades de habla. Al llevar el timón y la vela mayor, procuro que el barco vaya plano para que no se le mueva el estómago a nadie y les dé inseguridad. Porque doy clase a gente con problemas psiquiátricos graves, a grupos de Sant Boi, a adolescentes en situación residencial. Se trata de captar sus miedos y procurar disiparlos, para que puedan aprender.

-¿Nunca ha tenido miedo?

-No creo haberme dado nunca un golpe de botavara. Yo llevo siempre todas las alertas puestas. Mire, una vez estás ciega, debes tomar una decisión: o te quedas en el sofá de tu casa, que se está cómodo, o te pones a vivir. Y yo decidí ponerme a vivir.

-Es que es usted psicóloga…-Pues cuando llegué al ámbito de psicología dinámica las cosas no me resultaron fáciles. Colegas que me veían exponer en sesiones clínicas ni se me acercaban. Pero con los pacientes no he tenido problemas. Por la proyección de su voz o por cómo se mueven en la silla puedo reconocer su evolución. Capto otro tipo de información que la visual.

-¿Y qué echa irremisiblemente de menos?

-Conducir y ver determinadas puestas del sol. Recuerdo una espectacular saliendo de Nador hacia Almería, por el Estrecho. Ya sabía que perdería la vista… Pero en esta segunda vida vivo mucho mejor. Antes corría y no llegaba a ninguna parte. Ahora programo mi ritmo.

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